Hacia la imprenta

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Terminar la maquetación de un libro, revisarlo por enésima vez, hasta la última pica y hasta el último cícero, con la angustia de que alguna errata quedará escondida, conteniendo la risa, igual que los que aguardan a oscuras para dar una fiesta sorpresa. Y enviarlo a imprimir. Todo eso tiene algo de venerable rito. Como si Gutenberg volviese a inventar la imprenta. No, ya nada se puede mover. Es emprender un camino sin retorno: un funeral y a la vez un renacimiento.

Por qué TeX

tex-leonDonald Knuth fue profesor de matemáticas y computación en la Universidad de Stanford y en la actualidad es catedrático emérito. No usa email, es aficionado a tocar el órgano de iglesia y está considerado como uno de los padres fundadores de la informática moderna, e incluso de internet. En 1977 creó TeX, el más refinado y perfecto sistema de composición tipográfica digital que existe, un hito en el humanismo. Desde esa fecha hasta hoy TeX no ha dejado de evolucionar, gracias a su condición de software de código abierto, hasta llegar a sus últimas versiones avanzadas, conocidas como XeTeX y LuaTeX. Con una vastísima comunidad detrás, alimentado por instituciones, desarrolladores particulares, téoricos de la tipografía y universidades, TeX es más que un simple software: es una disciplina, un aprendizaje inagotable y una pasión; en mi caso, una pasión casi a la altura de la poesía o del griego. Está a años luz de los programas típicos de maquetación, del estilo Quark Xpress o InDesign. Éste último, por cierto, ha «tomado prestado» el algoritmo Plass-Knuth de TeX para la composición de párrafo, y es algo que los usuarios de InDesign, a la hora de pagar el dineral que cuesta su licencia, deberían tener en cuenta. Pero eso es otro cantar. En cualquier caso, los programas de maquetación están más enfocados precisamente a eso, a la maquetación, la diagramación de páginas, un proceso muy complejo en revistas ilustradas y periódicos, donde este tipo de software facilita mucho la tarea gracias a su interfaz visual. Pero para la confección de libros no son rivales de TeX. Éste consiste (y ahí radica su potencia) en un lenguaje de programación extremadamente dúctil y modelable, gracias al cual puede producir todo tipo de libros, desde los más simples a los más complejos. Y siempre con una pulcritud exquisita y una esmerada atención hacia las distintas tradiciones tipográficas y los sistemas de escritura de toda época y lugar. TeX vendría a ser como un cajista binario, dotado de una serie de rutinas básicas (las órdenes «primitivas», abstracción de la destreza del cajista), pero que se puede programar casi hasta el infinito.

El nombre del programa, y la curiosa forma de escribirlo, tiene su explicación. Es la abreviatura, escrita en texto plano y caracteres ASCII, de la palabra griega τέχνη, que significa tanto «arte» como «técnica» o «habilidad». Ya lo explicó Donald Knuth en una ocasión: «ciencia es lo que comprendemos como para explicárselo a una computadora. El arte es todo lo demás que hacemos».

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