Apple Inc.

Fabricaron ordenadores razonablemente buenos, sobre todo entre finales del pasado siglo y principios de éste. Tuve, de hecho, ocasión de trabajar un tiempo con uno de aquellos Power G5 (por supuesto, con un Linux instalado) y hay que reconocer que era todo un ejemplo de eficiencia y limpieza en su diseño. Esos Macs sí que eran Macs, podríamos decir, hasta con cierta nostalgia. Pero la historia ha sido siempre la misma: hardware cerrado, a menudo capado. Y un desprecio, marca de la casa, hacia los estándares y hacia la inteligencia de los usuarios, todo ello sumado a un precio absurdamente inflado, también marca de la casa. En cuanto al software, una constante agresión a la libertad. Una “cárcel cool”, que diría Stallman. Aunque no han tenido reparos en vampirizar ideas ajenas a conveniencia o sacar buena tajada de los avances en el software libre, como en el caso del navegador Safari. Por ley natural tendrían que haberse extinguido en el cambio de siglo, pero gracias a la genialidad del rescatado Steve Jobs (que en paz descanse), gran conocedor del alcance del esnobismo humano, gozan ahora de una segunda vida dedicados a vender iCacharros fabricados en China (como casi todo el hardware que se puede comprar hoy día, no nos engañemos). De todas formas, no todo va a ser ocre en la corporación de la manzana. Siento una gran simpatía por el otro Steve, el Steve bueno, Steve Wozniak, mantenido ahora por la empresa que fundó como una especie de reliquia viviente. Muchas veces sus declaraciones están lejos, por fortuna, de la línea de pensamiento de la marca. A la vez que su aspecto tiene muy poco que ver con esa estética estirada,  gili-hipster que tanto ayudó a difundir el Steve siniestro. Wozniak, el verdadero creador de la Macintosh, es un hacker de los de antes. La tristeza es que estaba en el lugar equivocado. En el garaje equivocado.

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