¿Qué le pido a un libro?

¿Qué le pido a un libro? En principio, como tal libro, que su tipografía sea excelente. Y creo, junto a don Stanley Morison, que la excelencia de una tipografía se mide en términos de invisibilidad. Que el tipógrafo no se interponga entre lo que leo y yo como un camarero importuno. Tan sólo que me haga suave y fácil el viaje y no me pierda por sinuosas calles entre párrafos. Ni que me deje llorar con líneas huérfanas. Que funcione, cuando lo necesite, la venerable matemática y que la página tenga un buen color, pero que esa matemática no acabe deviniendo lastre, pues dos más dos, en el mundo, no siempre suman cuatro. Y que sepa usar la tinta más difícil, que es el espacio en blanco. Luego, a lo que leo, simplemente le pido que me guste, y, si es posible, que me enamore en un inagotable idilio. Que el libro viva y duerma conmigo, viaje conmigo, se desgaste conmigo. Que a pesar de nuestros momentos de silencio mutuo, sepamos encontrarnos a la vuelta del tiempo como dos viejos amigos que tienen mucho que decirse, cambiados, fragmentados por los días o las noches, y sin embargo, oh misterio, siempre los mismos. Que nunca se pudra, nuevo, en las estanterías, y que la intemperie dore sus páginas como un erudito otoño, pero que venga agotado de muchas deslumbradas primaveras. Y que algún día, tal vez, nos pida ser regalado: y es que no hay libro más vivo que el que cambia de manos.

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Poesía y tipografía

Las normas de la tipografía no vienen del cielo sino de siglos de lectura y libros. Dejando de lado ciertos preceptos y caprichos regionales (que también, y por qué no, es agradable seguir), muchas de ellas tienen un gran sentido práctico y están destinadas a facilitar la lectura y no a torturar al lector. Por ejemplo, la composición en verso lleva sus propias normas. No tanto la composición de poesía, pues verso y prosa son, más que nada, convenciones de escritura y quien manda en la poesía es el oído. Esas normas, naturalmente, sólo las puede quebrantar el poeta, y por eso es necesario dialogar con él. Pero si el autor no dice nada entonces la tipografía actúa de oficio, prescribiendo que el sangrado izquierdo del poema debe ser el mismo que el del verso más largo centrado. Esto hace que los poemas tiendan hacia el centro de la página, y deja en el lector una grata sensación de equilibrio. Ver publicaciones de poesía donde todos los versos en todas las páginas queden a un margen fijo, y a no ser que el poema ocupe un libro entero como la Odisea, me parece simplemente espantoso.

Con programas de tipo DTP (Indesign, Quark, Scribus, etc), una forma de conseguir ese óptimo tratamiento de los versos es, por ejemplo, tirando de la herramienta de tabulación. Un poco cansado pero, bueno, no imposible. Yo prefiero picar código y usar TeX, que es mucho más preciso y versátil.

Dentro del mundo TeX una orden muy básica (usando el macropaquete «verse» para LaTeX), podría ser \settowidth, que admite dos argumentos: el primero (\versewidth), sería la anchura máxima del poema que queremos declarar. El segundo, el propio verso más largo del poema. Luego podríamos complicar la cosa todo lo que quisiésemos, por supuesto. Finalmente, nos quedaría encerrar todo el poema en un entorno “verse”, para decirle a TeX, cuando compile, que le entregamos versos y que los trate como tales. Y TeX, tan refinado él, así lo hará.

Baste un ejemplillo antiguo, que he rescatado de un disco duro, del código fuente que realicé para el excelente libro de Juan Andrés García Román Poemas a la noche y otra poesía póstuma y dispersa (Rilke), publicado en 2008 en DVD Ediciones. Éste sería el código fuente de un poema del libro (basta un copia/pega). Y, en la imagen, la página que devolvió TeX tras la compilación.

 

\poemtitle{PARA NIKÉ}

\settowidth{\versewidth}{cada gota en la gruta, temblando con brazos}

\begin{verse}[\versewidth]

Todas las voces de los arroyuelos, \\
cada gota en la gruta, temblando con brazos \\
de debilidad llenos,\\
las restituyo al dios

y festejamos el ciclo.

Cada giro en el viento\\
fue llamada o temor para mí;\\
cada descubrimiento en lo profundo \\
me hizo otra vez un niño---,

y yo sentí: lo sé.

Oh, lo sé, yo he sentido \\
el ser y la mudanza de los nombres;\\
en lo interno de un fruto ya maduro\\
reposa la semilla originaria,

pero multiplicada al infinito.

Porque lo rige un vínculo divino,\\
se eleva la palabra hasta la evocación,\\
pero en lugar de desaparecer, \\
se alza en el ardor del cumplimiento,
sin daño, mientras canta.\\

\end{verse}

\pieverso{Muzot, diciembre de 1923}

 

Rilke_ejemplo