Por qué no me gusta usar el término «maquetación»

O al menos, lo acabo usando a regañadientes, por mor de la inercia de estos tiempos y habida cuenta de que es lo que a los editores les encanta oír. Si puedo, lo procuro evitar, no tanto por la inexactitud del propio término, sino porque tal inexactitud, paradójicamente, traduce con fidelidad una gran deficiencia en la producción editorial. Pero como tampoco me gusta multiplicarme en las explicaciones hasta el infinito, reproduzco aquí unas notas de un largo artículo en el que estoy trabajando.

El término «maquetación» se ha generalizado hoy día, tanto entre profesionales de la edición como entre los autores que tienen acceso a los servicios editoriales, para referirse a la preparación completa del libro antes de enviarlo a imprimir. Realmente, es un uso inadecuado del término, que designa por el todo lo que no es sino una parte en el proceso de confección del material de imprenta. La causa de ese malentendido no es nada trivial; antes bien, atañe a un hecho clave en la merma de la calidad tipográfica de finales del pasado siglo: la implantación, como estándar de facto de cierto software de diseño gráfico, claramente inapropiado para la confección de libros.

Entre finales de los 80 y principios de los 90, coincidiendo con el progresivo avance de las computadoras hacia el entorno gráfico y el paradigma de escritorio, un nuevo tipo de software se reveló como una importante revolución para el diseño editorial, por su facilidad de uso, eminentemente visual e intuitiva. Estamos hablando de los llamados programas DTP (siglas en inglés de Desktop Publishing), también conocidos como «programas de autoedición» o «de maquetación». Desde Page Maker hasta Adobe InDesign, pasando por Quark Xpress, o la iniciativa de software libre Scribus, todos estos programas parten de un concepto básico común y su sistema de trabajo está dirigido a las revistas ilustradas (magacines), los periódicos y, en menor medida, folletos, trípticos, carteles y demás material con gran contenido gráfico y de diseño. El punto fuerte de estos programas, y para lo que realmente están concebidos, es la maquetación, un proceso que resultaba bastante costoso y arduo con los medios mecánicos precedentes, tanto en recursos humanos como materiales.

Pero, ¿qué entendemos por maquetación? Dicho de manera simple, sería el proceso mediante el cual los elementos textuales y gráficos de la página se disponen en ésta mediante un determinado diagrama o «maqueta» previos. Esta página, así diagramada, actuaría de «página maestra» para que otras páginas pudieran seguir su misma pauta. En magacines y periódicos la maquetación es un proceso crucial y complejo […] Su aproximación es siempre «macrotipográfica», mientras que el contenido textual [para la maquetación] es secundario.

Por su relativa facilidad de uso, y su interfaz visual e interactiva, altamente especializada en el proceso descrito, este tipo de software no sólo aligeró de manera radical la confección de periódicos y revistas. Trajo también un resultado poco esperado: hizo descender la calidad tipográfica del libro impreso a unos límites críticos, nunca conocidos desde la propia invención de la imprenta. Y es que en el caso del libro, el proceso de maquetación no es que sea secundario (que no lo es), pero carece de la complejidad que tanta atención requiere en revistas o periódicos.

(Fragmento de un artículo work in progress)

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