Times Roman y diversión

La felicidad de todo lector consiste en leer y olvidarse por completo de la tipografía. No otra es la felicidad que reclamo para mí cuando tengo un libro entre las manos, a pesar de que hoy día ciertos «maquetadores» o —aún peor— «diseñadores gráficos» se empeñan en arrebatarme un supremo estado de dicha que tiene que ver con el olvido y la ignorancia. Y acto seguido me acuerdo de la tipografía y de sus parientes, así en general. Porque si la tipografía, la buena tipografía, es el arte de la invisibilidad, aquí es donde Stanley Morison, creador de la Times Roman, se deja ver un momento para insistir en que el tipógrafo perito (que ni maqueta ni es diseñador gráfico) ha de buscar a toda costa ser expresión del autor cuyas páginas compone, no de sí mismo.

Precisamente, y a cuento de la Times, recuerdo que en una ocasión, hace tiempo, alguien me pidió consejo para escoger el tipo de letra en su tesis doctoral, puesto que el retoño de Morison —decía— le resultaba una fuente muy aburrida. Le contesté que, así las cosas, se le abría la siguiente disyuntiva: si quería que el tribunal de su tesis se divirtiera contemplando la fuente de su tesis, como quien asiste a un ameno desfile de letras, diacríticos y signos de puntuación; o si deseaba, más bien, que el interés se dirigiese hacia lo que la tal tesis sostenía y disertaba. Suponiendo, claro está, que este universo que nos ha tocado es aquel donde los tribunales se leen las tesis, pero eso es otro cantar. En caso de lo primero, podría intentar imprimir todo en fraktur o en cualquier otra hermosa letra gótica, siempre y cuando —ojo— el tribunal no estuviera formado por alemanes del siglo XVII o XVIII, pues de ser así el efecto sorpresa en ellos sería nulo. También, por qué no, cabría echar mano de alguna de las muchas fuentes de fantasía que pululan por ahí. Conozco una, incluso, donde las letras están formadas por gatitos en diversas posturas. Pero al cabo tanto da, ya que lo malo de seguir esta vía estriba en que la contemplación estética, o lúdica si queremos, de una tipografía suele durar muy poco. Una página, dos a lo sumo, y ya nos cansamos. De modo que si jugamos con más de trescientas páginas el partido lo tenemos perdido sin salir siquiera al campo. En el fondo, es el horror ante una tipografía, más que su posible deleite, lo que se nos clava y se extiende en el tiempo, a lo largo de una vida y durante varias generaciones.

Y es que las Garamond, las Bembo, las Bodoni, las Palatino y tantas otras más no fueron hechas para deleitar o distraer (esa difícil competencia ha de recaer en el contenido), ni para ser contempladas con la boca abierta y los ojos fijos en un cuadro colgadas de la pared. Por mucho que fuera de su hábitat natural las encontremos vistosas y «lindas». Simplemente fueron concebidas para leer, puestas las letras una tras otra, formando palabras y renglones. Para leer con, mediante, por, a través de ellas.

Stanley_Morison_by_William_Rothenstein
Stanley Morison dibujado por Sir William Rothenstein. Imagen de Wikipedia

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