Los Griegos del Rey y la mano del escriba

El paso del siglo XVIII al XIX representó un período de una especial trascendencia para la historia de la tipografía griega —tan laberíntica, tan difícil casi siempre— en el llamado Occidente culto. En diferentes puntos de la impresora Europa, en efecto, comenzaban a soplar aires nuevos, inusitadas y audaces tentativas de diseño aquí y allá, proceso este que culminó con los tipos griegos ideados por el gran Firmin Didot: inspiradísima propuesta para definir unos rotundos antes y después. A la par que nacían los estudios indoeuropeos, y en las ventanas de los gabinetes filológicos de Alemania o Francia llovía generosamente para subrayar el acontecimiento, la venerable letra griega entraba en una tardía adolescencia gracias a los moldes de Didot, de cuerpo racional y pies alados.

La magia del impresor francés operaba en esta nueva tipografía a varios niveles. Por un lado, los glifos griegos parecían encontrar por fin su lugar y su acomodo junto a los latinos, con los que nunca había sido fácil la convivencia cuando ambos tenían que cohabitar en el blanco de la página. Y esto lo consiguió Didot no a costa de una asimilación de la letra griega a la latina, como se hace tantas veces ahora, por desgracia, sino mediante un delicado juego de cromatismos donde las dos escrituras podían mantener su personalidad sin que el lector tuviese la sensación de estar ante distintas familias de letras. Pero lo importante es que tampoco se le ocultaba el (a nuestro juicio) necesario contraste que ha de darse en la combinación del griego con una lengua escrita en alfabeto latino. Y todo esto sin cambios bruscos de temperatura o paisaje: el trazo de Didot, con su punto de irreal, o incluso antinatural para las rutinas caligráficas, subyacía por debajo aportando su coherencia al conjunto.

La novedad tipográfica fue un éxito rotundo y por ella habría de transitar, como llevados en volandas, toda una legión de ojos lectores o estudiosos. Se convirtió también en la indiscutible emperatriz de las monotipias, con la llegada de estas máquinas, a la hora de imprimir en griego. Es más: la tradición impresora de Grecia, que tenía el buen criterio de beber a menudo de la tradición gala, convirtió a la Didot griega en su fuente «nacional», hasta tal punto que a cualquier texto escrito en Didot se le ha venido conociendo en Grecia como aplá («sencillo», «simple»), una manera de afirmar su carácter estándar. Y no es para menos, pues con esta nueva letra la escritura griega recibiría por fin (nunca es tarde cuando la dicha es buena) su bautizo tipográfico. Y es que hasta entonces cualquier representación del griego en un libro había sido eminentemente caligráfica. Hagamos un breve repaso a esta historia, a la manera de un parpadeo.

Una historia, por supuesto, que se remonta a la mano del escriba, cuya sombra nunca dejó de estar presente con el paso de los siglos, como una especie de directriz de fondo. Bien es cierto que, en los tiempos incipientes de la impresión de textos griegos, se ensayó una tradición heterodoxa a dicha directriz, una suerte de amago tipográfico que buscaba a toda costa la individualización del glifo y procuraba evitar la floritura bizantina. La muerte de esta primera vía no fue en vano, ya que en sus postrimerías nos legó un espécimen tan ilustre como fue la Biblia Políglota Complutense (1512), editada por Demetrios Doukas con los tipos griegos cortados por Arnaldo Guillén de Brocar. De ellos podemos encontrar una excelente recreación digital en la fuente GFS Complutum, a cargo de Giorgos D. Matthiopoulos y auspiciada por la siempre benemérita Sociedad de Fuentes Griega.

Seferis_Complutum
Un poema de Seferis en griego politónico, compuesto con LuaTeX y GFS Complutum

Al margen de esta tentativa, tal vez extinguida demasiado pronto, los más de los impresores europeos acabaron sucumbiendo ante la cursiva bizantina. Aldo Manuzio no tardó en tomar como autoridad tipográfica la inquieta mano de los escribas griegos migrados a occidente. La imprenta Aldina sentó, por tanto, las ilustres bases. Pero no fue hasta 1540 cuando Claude Garamond dio en abrir de par en par todas las ventanas de la locura (bellísima y seductora locura, por otra parte) con sus tipos Les Grecs du Roi, fundidos para las ediciones de Robert Estienne en la Imprenta Real de Francia. Los griegos del rey: no podía llevar nombre más caprichoso aquel asombroso delirio bizantino de Garamond, con sus innumerables, alambicadas, casi siempre desquiciadas ligaduras, ideadas para poner a prueba la paciencia o la salud mental de los cajistas. Por increíble que nos pueda parecer hoy día (imaginemos simplemente una edición crítica compuesta con Grecs du Roi) esa letra fue el estilo rector de toda la tradición libresca del griego en Europa hasta bien entrado el siglo XVIII. Y probablemente Garamond hubiese recibido con gran complacencia la actual tecnología OpenType de las fuentes digitales, una de cuyas características (la más vistosa pero también la que con menos tino se usa, casi hasta el empalago) es la que otorga a los glifos o a grupos de glifos determinados la propiedad de mudar de forma según el contexto. A la espera de que llegue algún día la definitiva versión OpenType de Grecs du Roi, la que haga de verdad justicia a todos sus desvaríos y rarezas, tenemos que conformarnos con la versión que hizo en los años 90 (época pre Unicode) el lituano Mindaugas Strokis, para la vieja codificación Win Greek. La limitación del formato, no obstante, y gracias a la pericia diseñadora de Strokis, que jugaba sutil y acertadamente con los kerning, no fue obstáculo para que este pequeño vástago digital ofreciese un aceptable resultado, capaz de evocar en el lector un poco (siquiera un poco) del efecto que nos producen los griegos del rey originales. Recientemente, Yannis Haralambous se tomó el tiempo de recodificar esta fuente a Unicode.

Grecs
El mismo poema de Seferis, compuesto esta vez con Grecs du Roi WG Unicode

El siglo XVIII marcó, sin embargo, el comienzo de la decadencia para el estilo propiciado por Garamond. Seguía, por supuesto, el tono caligráfico de las letras, pero quizás el ojo europeo empezaba a acusar ya cierto cansancio ante las volutas que aventara el ilustre tipógrafo francés. En Inglaterra, por ejemplo, cuna de tantos escepticismos y descreimientos, se ensayaron con mayor o menor fortuna propuestas en esta nueva vía, que buscaba liberar a la escritura griega del ovillo de ligaduras en que se había enredado, y conservar sólo las más básicas, como las ligaduras de ciertos diptongos (ου, ει) o dígrafos (λλ). Podemos citar ejemplos como los de los tipos griegos cortados por John Baskerville (1706-1775), que no tuvieron el merecido éxito, tal vez por la estrechez de su caja; y, sobre todo, los que creó Alexander Wilson (1714-1786) para las ediciones homéricas que editaron los hermanos Andrew y Robert Foulis (1756-8), con el auspicio de la Universidad de Glasgow. De los tipos de Baskerville, por cierto, tenemos otra gran recreación digital en la GFS Baskerville de la Sociedad de Fuentes Griega.

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Páginas de la Ilíada editada por los hermanos Foulis con los tipos griegos de Alexander Wilson

 

*

Tras este fugaz recorrido histórico de lo caligráfico a lo tipográfico para impacientes, confesaré algo. Aunque fiel amante y esposo del estilo Didot – Aplá, siempre he querido componer un libro en Grecs du Roi. No sé cuál: probablemente su título esté aguardando todavía la oportunidad, en la sombra. O no se haya siquiera escrito aún. Quizás volver a esos griegos del rey como un íntimo aserto de contradicción, o porque la mano bizantina del escriba sigue siendo larga y poderosa. Y es que es muy grato comprobar cómo hasta la tipografía, que es mesura, orden, proporción y matemática, encuentra sus particulares contradicciones cuando quiere regresar a esa mano. Por contra, el plomo del fundidor (o las curvas Bézier del fundidor digital) ha de individualizar cada letra y colocarla en línea una junto a otra, a la manera de los edificios de la república perfecta. Pero la mano del escriba, como tantas cosas mundanas, como la poesía, está hecha de tiempo. Por eso es incomprensible. Por eso nos atrae.

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Alphabetum Graecum, publicado por Robert Estienne en 1540, con Les Grecs du Roi

 

 

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