Apple Inc.

Fabricaron ordenadores razonablemente buenos, sobre todo entre finales del pasado siglo y principios de éste. Tuve, de hecho, ocasión de trabajar un tiempo con uno de aquellos Power G5 (por supuesto, con un Linux instalado) y hay que reconocer que era todo un ejemplo de eficiencia y limpieza en su diseño. Esos Macs sí que eran Macs, podríamos decir, hasta con cierta nostalgia. Pero la historia ha sido siempre la misma: hardware cerrado, a menudo capado. Y un desprecio, marca de la casa, hacia los estándares y hacia la inteligencia de los usuarios, todo ello sumado a un precio absurdamente inflado, también marca de la casa. En cuanto al software, una constante agresión a la libertad. Una “cárcel cool”, que diría Stallman. Aunque no han tenido reparos en vampirizar ideas ajenas a conveniencia o sacar buena tajada de los avances en el software libre, como en el caso del navegador Safari. Por ley natural tendrían que haberse extinguido en el cambio de siglo, pero gracias a la genialidad del rescatado Steve Jobs (que en paz descanse), gran conocedor del alcance del esnobismo humano, gozan ahora de una segunda vida dedicados a vender iCacharros fabricados en China (como casi todo el hardware que se puede comprar hoy día, no nos engañemos). De todas formas, no todo va a ser ocre en la corporación de la manzana. Siento una gran simpatía por el otro Steve, el Steve bueno, Steve Wozniak, mantenido ahora por la empresa que fundó como una especie de reliquia viviente. Muchas veces sus declaraciones están lejos, por fortuna, de la línea de pensamiento de la marca. A la vez que su aspecto tiene muy poco que ver con esa estética estirada,  gili-hipster que tanto ayudó a difundir el Steve siniestro. Wozniak, el verdadero creador de la Macintosh, es un hacker de los de antes. La tristeza es que estaba en el lugar equivocado. En el garaje equivocado.

Número 7 de Cuaderno Ático

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Ya está aquí el número 7 de Cuaderno Ático. Abrimos esta entrega de otoño, ya casi invierno, con Aurora Luque, que nos llevará hasta la fascinante figura de la humanista y poeta española del siglo XVI Luisa Sigea. Publicamos en formato bilingüe la traducción que ha realizado Aurora del extenso poema «Sintra» de Sigea, escrito en latín. Nos acompañan también poemas, textos, traducciones, prosas y versos inéditos de Antonio Rivero Taravillo, Sergio Gaspar, Juan Andrés García Román, José Luis Gómez, Agustín Pérez Leal, Sergio Berrocal Sánchez, Santos Domínguez Ramos, Juan Manuel Villalba, Álvaro Campos, Azahara Palomeque Recio, Sandro Luna, Ricardo Clemente, Jesús Aparicio González, Manuel Moya, Carlos Alcorta, Helena González-Vaquerizo, Alfonso Brezmes, Mario Domínguez Parra, Manuel Rivas González, Ismael Cabezas, Toni Quero, Alfredo J. Ramos, Juan Manuel Macías, Guillermo Bleichmar y Carmen Canet. En la sección Biblioteca, y por cortesía de sus autores, reproducimos sendos poemas de los recientes y muy recomendables poemarios de Jordi Doce Chambrelan (No estábamos allí) y Juan Carlos Reche Cala (Los nuestros), ambos publicados en Pre-Textos. Muchas gracias a todos por colaborar con sus magníficos textos en este siete.

Toda la información en este enlace:

http://www.revistacuadernoatico.com/2016/11/20/llega-el-numero-7-de-cuaderno-atico/

Stanley Morison dixit

Librillo comprado hace tiempo en una librería de viejo. Primera edición de 1957, en Aguilar, que reúne dos textos de Stanley Morison sobre tipografía. La traducción es de José Aguilar. Para quien no le suene el nombre, Stanley Morison fue uno de los grandes tipógrafos del siglo pasado, autor de la ubicua (al tiempo que invisible) Times, además de un finísimo ensayista y conferenciante. Un humanista, en fin, con todas las letras. El párrafo con que comienza el libro es de las cosas más acertadas y sensatas que he leído sobre tipografía, ese arte que tan a menudo se confunde con el diseño gráfico. Aunque ambos puedan a veces (¿por qué no?) ir de la mano.

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Monta y cabe

Ha sido un verdadero placer maquetar este libro de Felipe Fernández de Irazu, Monta y cabe, juegos de nuestra infancia y otros recuerdos, lleno de preciosas ilustraciones del autor.

Software utilizado: XeTeX, para la composición y maquetación / Krita, para el proceso de las imágenes / Scribus, para la cubierta.

Hacia la imprenta

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Terminar la maquetación de un libro, revisarlo por enésima vez, hasta la última pica y hasta el último cícero, con la angustia de que alguna errata quedará escondida, conteniendo la risa, igual que los que aguardan a oscuras para dar una fiesta sorpresa. Y enviarlo a imprimir. Todo eso tiene algo de venerable rito. Como si Gutenberg volviese a inventar la imprenta. No, ya nada se puede mover. Es emprender un camino sin retorno: un funeral y a la vez un renacimiento.

Por qué TeX

tex-leonDonald Knuth fue profesor de matemáticas y computación en la Universidad de Stanford y en la actualidad es catedrático emérito. No usa email, es aficionado a tocar el órgano de iglesia y está considerado como uno de los padres fundadores de la informática moderna, e incluso de internet. En 1977 creó TeX, el más refinado y perfecto sistema de composición tipográfica digital que existe, un hito en el humanismo. Desde esa fecha hasta hoy TeX no ha dejado de evolucionar, gracias a su condición de software de código abierto, hasta llegar a sus últimas versiones avanzadas, conocidas como XeTeX y LuaTeX. Con una vastísima comunidad detrás, alimentado por instituciones, desarrolladores particulares, téoricos de la tipografía y universidades, TeX es más que un simple software: es una disciplina, un aprendizaje inagotable y una pasión; en mi caso, una pasión casi a la altura de la poesía o del griego. Está a años luz de los programas típicos de maquetación, del estilo Quark Xpress o InDesign. Éste último, por cierto, ha «tomado prestado» el algoritmo Plass-Knuth de TeX para la composición de párrafo, y es algo que los usuarios de InDesign, a la hora de pagar el dineral que cuesta su licencia, deberían tener en cuenta. Pero eso es otro cantar. En cualquier caso, los programas de maquetación están más enfocados precisamente a eso, a la maquetación, la diagramación de páginas, un proceso muy complejo en revistas ilustradas y periódicos, donde este tipo de software facilita mucho la tarea gracias a su interfaz visual. Pero para la confección de libros no son rivales de TeX. Éste consiste (y ahí radica su potencia) en un lenguaje de programación extremadamente dúctil y modelable, gracias al cual puede producir todo tipo de libros, desde los más simples a los más complejos. Y siempre con una pulcritud exquisita y una esmerada atención hacia las distintas tradiciones tipográficas y los sistemas de escritura de toda época y lugar. TeX vendría a ser como un cajista binario, dotado de una serie de rutinas básicas (las órdenes «primitivas», abstracción de la destreza del cajista), pero que se puede programar casi hasta el infinito.

El nombre del programa, y la curiosa forma de escribirlo, tiene su explicación. Es la abreviatura, escrita en texto plano y caracteres ASCII, de la palabra griega τέχνη, que significa tanto «arte» como «técnica» o «habilidad». Ya lo explicó Donald Knuth en una ocasión: «ciencia es lo que comprendemos como para explicárselo a una computadora. El arte es todo lo demás que hacemos».

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