El teatro en otros géneros

Nuevo libro maquetado y recién salido de la imprenta: El teatro en otros géneros y otros géneros en el teatro (Ed. Carmen González-Vázquez), publicado en Libros Pórtico.

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1700 notas en formato párrafo

La tipografía (tengo por máxima) siempre debe intentar complacer a los autores: pedid y se os dará. Sin ir más lejos, hace poco la autora de un libro que estoy maquetando me preguntó si no sería muy descabellado que todas las notas al pie fueran en un formato párrafo, es decir, las notas seguidas una tras otra, a la manera de los aparatos críticos. Tratándose de unas 1700 notas, un usuario de InDesign habría contestado que ni en sueños, pues el programa de Adobe no puede gestionar las notas con este formato, a no ser a mano y a ojímetro. Y esto no es demérito ni de InDesign ni de sus usuarios. Recordemos que el sistema de trabajo —básicamente visual— de este tipo de programas, que se remonta al viejo PageMaker, tenía como fin, más que los libros, los periódicos y revistas ilustradas, cuya confección se hacía bastante engorrosa con los antiguos medios de fotocomposición. InDesign hace perfectamente aquello para lo que fue pensado: maquetar, es decir (y hablando en sentido estricto), disponer los elementos en la página de acuerdo a un diagrama previo (maqueta). Y esto en un periódico, una revista, un simple cartel publicitario incluso, es la batalla principal. Pero InDesign y los programas por el estilo, precisamente por ese carácter visual, resultan bastante limitados y torpes para vérselas con los muchos y complejos procesos tipográficos que se dan en las páginas, párrafos y renglones de un libro. Y a veces el combate es cuerpo a cuerpo: entre palabras y entre letras. La buena noticia es que todo ese saber y destreza de los viejos cajistas no ha muerto. En el mundo digital y en el software libre (insisto) está más vivo que nunca con el sistema TeX y todo su apasionante universo: un refinadísimo cajista binario a la par que un lenguaje de programación de una versatilidad pasmosa. El libro se programa como un software, y se controla hasta el más mínimo de los detalles. Trabajando con TeX la pregunta nunca será si se puede hacer tal o cual cosa, sino cómo se puede hacer. A menudo la solución suele ser más de una o alguien ya la pensó antes y la tiene publicada, para compartirla, en forma de macropaquete. De modo que, para complacer la petición de la autora de las 1700 notas, decidí tomar como modelo esta disposición que aparece en uno de aquellos cuadernillos (ΑΘΗΝΑ) de griego de Berenguer, con cada nota separada por un guión.

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Meditada y establecida la estrategia, le damos a TeX todas las órdenes pertinentes y, es más, añadimos esta declaración: 0.5em plus.5em minus.1em, que es un espacio elástico entre el separador (la raya) y la nota anterior y posterior: medio cuadratín de base, con un margen máximo de otro medio cuadratín y un margen mínimo de -0.1 cuadratín. Y así, mi amiga ya tiene sus deseadas notas en estilo párrafo.

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Fontforge y la edición de fuentes

Fontforge es un excelente y potentísimo programa para el diseño y edición de tipografías, desarrollado en origen por George Williams y mantenido actualmente por una entusiasta comunidad. Es software libre y se distribuye bajo licencia GPL, no sólo para GNU/Linux sino también para Windows y OsX. Contiene las herramientas necesarias para crear una fuente, o familia de fuentes, desde cero. Pero para aquellos a los que las Musas no les llaman por esos intrincados caminos también puede ser muy útil, a la hora de editar una fuente, tanto a nivel gráfico como de software. Por ejemplo, un caso de hace unos días. La fuente Asea, diseñada por Yorgos Douros, que es una muy lograda recreación del estilo Didot para representar el griego, dispone de dos glifos para el carácter de la beta: el de la beta «normal» (U+03B2) y el de la beta curvada sin descendente (U+03D0), nombrada en Unicode como «Greek Beta Symbol» o como «Curled Beta». La tradición francesa puso de moda usar dicha variante en mitad de palabra, y es un efecto que a mí me encanta, pero no es cosa de hacerlo a mano, claro. Basta con editar la fuente en Fontforge y aplicar una etiqueta open type de sustitución contextual. Se define una cadena condicional de caracteres, se verifica que todo funciona en la ventana de métricas y en un periquete ya podemos componer con nuestra bonita Didot a la manera francesa, en LuaTeX con el macropaquete Fontspec.

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Por qué TeX

tex-leonDonald Knuth fue profesor de matemáticas y computación en la Universidad de Stanford y en la actualidad es catedrático emérito. No usa email, es aficionado a tocar el órgano de iglesia y está considerado como uno de los padres fundadores de la informática moderna, e incluso de internet. En 1977 creó TeX, el más refinado y perfecto sistema de composición tipográfica digital que existe, un hito en el humanismo. Desde esa fecha hasta hoy TeX no ha dejado de evolucionar, gracias a su condición de software de código abierto, hasta llegar a sus últimas versiones avanzadas, conocidas como XeTeX y LuaTeX. Con una vastísima comunidad detrás, alimentado por instituciones, desarrolladores particulares, téoricos de la tipografía y universidades, TeX es más que un simple software: es una disciplina, un aprendizaje inagotable y una pasión; en mi caso, una pasión casi a la altura de la poesía o del griego. Está a años luz de los programas típicos de maquetación, del estilo Quark Xpress o InDesign. Éste último, por cierto, ha «tomado prestado» el algoritmo Plass-Knuth de TeX para la composición de párrafo, y es algo que los usuarios de InDesign, a la hora de pagar el dineral que cuesta su licencia, deberían tener en cuenta. Pero eso es otro cantar. En cualquier caso, los programas de maquetación están más enfocados precisamente a eso, a la maquetación, la diagramación de páginas, un proceso muy complejo en revistas ilustradas y periódicos, donde este tipo de software facilita mucho la tarea gracias a su interfaz visual. Pero para la confección de libros no son rivales de TeX. Éste consiste (y ahí radica su potencia) en un lenguaje de programación extremadamente dúctil y modelable, gracias al cual puede producir todo tipo de libros, desde los más simples a los más complejos. Y siempre con una pulcritud exquisita y una esmerada atención hacia las distintas tradiciones tipográficas y los sistemas de escritura de toda época y lugar. TeX vendría a ser como un cajista binario, dotado de una serie de rutinas básicas (las órdenes «primitivas», abstracción de la destreza del cajista), pero que se puede programar casi hasta el infinito.

El nombre del programa, y la curiosa forma de escribirlo, tiene su explicación. Es la abreviatura, escrita en texto plano y caracteres ASCII, de la palabra griega τέχνη, que significa tanto «arte» como «técnica» o «habilidad». Ya lo explicó Donald Knuth en una ocasión: «ciencia es lo que comprendemos como para explicárselo a una computadora. El arte es todo lo demás que hacemos».

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